martes, 20 de septiembre de 2022

El Impacto de Volar

 

Mi hijo de 14 años, junto con un grupo de adolescentes y una profesora, volaron este verano a Inglaterra para participar en un curso de inglés. Preocupados por las emisiones de CO2, decidieron realizar pequeñas acciones a su vuelta para compensar la huella de carbono del viaje. Una de las iniciativas fue no utilizar el coche en una excursión de 100 kilómetros ida y vuelta e investigar la reducción de emisiones conseguida en comparación con el impacto total de su viaje (5 trayectos de ida a vuelta a Londres). Parecía un interesante ejercicio para un adolescente en el largo hastío del verano; en realidad, solo lo fue hasta que llegó la decepción del resultado. El acto responsable de no utilizar el coche durante aquella excursión supuso la compensación de un insignificante 0,24% de las emisiones totales generadas por las 5 personas. “Pero entonces, va a ser imposible compensar la contaminación que hemos generado viajando a Inglaterra”, fue su reacción, y lo cierto es que no le falta razón.

Fotografía gentileza de OneAir

¿Qué conclusiones se pueden sacar del 0,24% mencionado, que ha cambiado nuestra percepción familiar acerca del impacto de la aviación en la crisis climática?

En primer lugar, la dificultad de lograr un dato fiable de las emisiones asociadas a los vuelos comerciales, ya que dependiendo de la fuente, las diferencias en los resultados son enormes. Así, si se utiliza la calculadora de una ONG como Atomosfair, los kilogramos de emisiones de CO2 asociadas a cada pasajero por trayecto son más del doble que si el cálculo lo realiza la aerolínea en la que hacemos la reserva. Parece claro que los intereses de ambas fuentes son contrapuestos, pero resulta sorprendente tanta desviación cuando las emisiones directas totales producidas por una aeronave son relativamente fáciles de contabilizar. Sin embargo, hay preguntas que condicionan el resultado según cuáles sean las respuestas. ¿Cómo se hace el reparto de emisiones por viajero? ¿Se considera que el vuelo tiene ocupación máxima, o se tiene en cuenta la ocupación media de cada trayecto? ¿Se suma el impacto del tiempo que los motores están funcionando en tierra? ¿Y el del traslado del keroseno desde el origen de producción hasta el punto de recarga? Y, sobre todo, ¿cómo se contabiliza el efecto de las estelas?  Al hablar de estelas me refiero a esos cirros rectilíneos artificiales que se forman en las capas altas de la troposfera al paso de los aviones y que, según estudios científicos recientes, contribuyen al cambio climático en la misma magnitud que los propios gases emitidos por los motores de los aviones.

Estela formada tras el paso de un avión a gran altura

En cualquier caso, si tomamos como referencia fiable a la Agencia Europea de Medio Ambiente, un viajero en un vuelo comercial genera 285 gramos de CO2 por cada kilómetro recorrido, mientras que un coche emite 104 g/km de media, y un viajero de tren tan solo 14 g/km. Así que la segunda conclusión podría ser que la aviación tiene un nivel de responsabilidad elevadísimo en el calentamiento global. En realidad, el único motivo por el que el transporte aéreo no está entre las principales causas del cambio climático es que la mayoría de la población mundial (e incluso europea) nunca ha volado en su vida. A pesar de la democratización que ha supuesto la bajada de precios de los vuelos, los viajes internacionales siguen siendo una actividad de lujo al alcance de pocas personas en el mundo. Tomar conciencia de esta realidad abre inevitablemente el debate ético de la desigualdad: el poder adquisitivo de las sociedades determina, en líneas generales, su nivel de responsabilidad en la crisis climática, pero a menudo las consecuencias las sufren con mucha mayor crudeza las clases desfavorecidas. Nada que no hayamos aprendido ya en otras crisis sociales y económicas.

Infografía de emisiones por pasajero, según medio de transporte. Agencia Europea de Medio Ambiente

Muchas aerolíneas ofrecen a los pasajeros la opción de compensar, mediante un pequeña aportación económica, la huella de carbono de su vuelo, por supuesto basándose en su propio cálculo de emisiones. A menudo la compensación se basa en contribuir con proyectos de reforestación o de protección de bosques y selvas en peligro de destrucción. Todas las iniciativas para recuperar o conservar bosques y selvas son loables, pero ¿realmente estamos compensando las emisiones con este tipo de gestos o más bien estamos calmando nuestra conciencia con una pequeña penitencia? Un árbol que plantemos durante el invierno de 2023 no empezará a absorber cantidades relevantes de CO2 de la atmósfera hasta dentro de varios años, o incluso décadas; y eso en el caso de que arraigue bien y el ecosistema en el que ha sido plantado no se vea expuesto al fuego o a cualquiera de las amenazas derivadas de un clima cada vez más extremo.

Los objetivos de descarbonización deben ser ambiciosos en el corto plazo, como escuchamos y leemos a menudo. Así que, si realmente queremos compensar el impacto de un vuelo internacional, me temo que no habrá más remedio que utilizar el transporte público de forma regular en el día a día y dejar el coche aparcado durante una larga temporada hasta que poco a poco consigamos balancear el impacto de volar. O mejor aún, plantearnos seriamente (es decir, no sólo de forma teórica) la cantidad de vuelos que podemos permitirnos realizar a lo largo de nuestra vida, no sólo por limitaciones económicas, sino también por responsabilidad ambiental. La Unión Europea ha comenzado a prohibir determinados vuelos, fácilmente sustituibles por tren, gracias a una red cada vez más moderna y rápida de ferrocarriles. 

El debate está llegando incluso al fútbol, como hemos podido comprobar recientemente a raíz de la bochornosa reacción de Mbappé y Christophe Galtier, jugador y entrenador del PSG, cuando se les preguntó por la opción de desplazarse en tren de alta velocidad en lugar de avión privado a partidos en ciudades cercanas a París. En España, el Real Betis es el primer equipo que está asumiendo objetivos ambiciosos de descarbonización. Recientemente, ha suscrito un acuerdo con Renfe para utilizar el tren en todos los desplazamientos que sea posible del campeonato de Liga. Ojalá cunda el ejemplo rápidamente. Mientras tanto, medio en broma medio en serio, yo les comento a mis hijos que soy algo menos rojiblanco, y un poco más verdiblanco.

Estadio Benito Villamarín, del Real Betis


jueves, 14 de julio de 2022

Resiliencia

 Últimamente es difícil encontrar razones para el optimismo en la crisis climática. Durante las últimas semanas, se han sucedido 3 hechos relevantes en distintas zonas del planeta que suponen un frenazo para los compromisos de descarbonización firmados en el Acuerdo de París. Por un lado, tenemos el anuncio de China de seguir incrementando el uso de carbón para la generación de electricidad como garantía para atender su creciente demanda energética. Hay que recordar que, actualmente, China es el primer emisor de gases de efecto invernadero a nivel mundial, con un 27% de las emisiones totales, y eso a pesar del espectacular despliegue de energías renovables que ha realizado en los últimos años, puesto en el que también China ocupa el primer lugar.

Muy lejos de allí, desde la otra gran potencia económica mundial, los Estados Unidos, nos ha llegado la noticia de que el Tribunal Supremo ha limitado la capacidad del actual gobierno americano para obligar a las plantas térmicas que utilizan carbón a reducir sus emisiones. Se trata de un movimiento legal en el que se mezclan los intereses políticos del Partido Republicano con los intereses económicos del lobby del carbón, aún muy fuerte en EEUU.

Y, por si teníamos la tentación de pensar que Europa podía actuar de contrapeso ante tanto despropósito, el Parlamento Europeo ha aprobado la propuesta de la Comisión de considerar la energía nuclear y el gas natural como energías verdes. De esta manera, la taxonomía europea, que pretende ser una guía para inversores en la transición a una economía verde, incluye las centrales nucleares y de gas como inversiones sostenibles con etiqueta verde. Dejando aparte el controvertido y antiguo debate sobre la energía nuclear, no hay duda de que el gas natural es un combustible fósil, formado básicamente por metano, un potente gas de efecto invernadero y, por tanto, forma parte del problema del calentamiento global y no de la solución. En los últimos años ha habido intensas campañas para convencer a la sociedad de que las tecnologías de gas para generación de energía son limpias y sostenibles, pero en los cálculos nunca se incluyen datos tan cruciales como las emisiones derivadas de las fugas en los gasoductos, la dependencia de terceros países para el abastecimiento o la imposibilidad de cumplir con los acuerdos de descarbonización teniendo al gas natural como principal vector energético. El propio nombre, gas natural, forma parte de una intensa campaña de marketing, es algo así como si denomináramos “mineral natural” al carbón para lavar su imagen.


Mientras tanto, la realidad climática de nuestro entorno es tozuda. La sequía, combinada con olas de calor cada vez más apocalípticas, va haciendo mella en los recursos hídricos, en las cosechas o en los bosques. Los incendios forestales, respuesta natural en forma de muerte violenta ante un clima que ya no es aquel en el que nacieron los ecosistemas que conocemos, se extienden de forma virulenta por toda la península. También el estado de ánimo de aquellos que impulsamos alternativas para una sociedad libre de emisiones de carbono se ve afectado, e incluso hemos puesto nombre a este nuevo problema psicológico; lo llamamos ecoansiedad, aunque no estoy seguro de que el término describa exactamente la mezcla de tristeza, enfado y miedo que provoca todo lo anterior.

En un mundo cambiante y expuesto a tantos desafíos (la mayoría creados artificialmente por el ser humano) la palabra resiliencia se escucha mucho. Se trata de adaptarnos a las nuevas realidades, también a la del calentamiento global, para poder seguir viviendo con ellas. Se dice que, visto que no seremos capaces de apaciguar la crisis climática, tendremos que adaptarnos a ella con resiliencia.

Escribo estas líneas desde el tren, en plena ola de calor, mientras atravieso extensos campos de secano de la España vaciada abrasados por el infernal sol de la tarde y los más de 40ºC de temperatura, y me pregunto qué significa la palabra resiliencia para las personas que aún se resisten a abandonar el entorno rural. Seguramente, pocas de ellas conozca el significado de la palabra y, sin embargo, la aplican mucho mejor que cualquier experto en la materia que acude a debates virtuales a través de Zoom desde su sala de trabajo en la gran ciudad. ¿Qué resiliencia deben aplicar aquellos que pierden sus cultivos por la desertificación? ¿O quienes no disponen de aire acondicionado en sus casas en las poblaciones que superan los 44ºC de temperatura? ¿o quienes ya no encuentran pesca en lo deltas de los ríos porque el aumento del nivel del mar y la salinidad acabó con todos los peces? Resiliencia en un contexto de cambio climático significa miseria, hambre, emigración, sufrimiento y desesperanza. Y en el lado de los menos afectados significa crisis, cierre de fronteras, escasez de recursos, incertidumbre y perdida de seguridad.


No me gusta la palabra resiliencia porque se parece demasiado a resignación. Afortunadamente, entre tanto problema, también hay razones para la esperanza: los planes de descarbonización ya son prioritarios en las agendas de muchos gobiernos y empresas, la transición hacia las energías renovables es imparable y, sobre todo, hay mucha, mucha gente, comprometida con una visión del mundo libre de combustibles fósiles y gases de efecto invernadero. Ayudémosles a hacerlo realidad, cada pequeño gesto cuenta, a estas alturas todos/as sabemos cómo hacerlo.


viernes, 11 de marzo de 2022

La dependencia energética de Europa

Vivimos semanas difíciles en Europa, con el corazón en un puño desde que comenzó la invasión rusa en Ucrania, y enfrentándonos a la dura realidad de que la guerra vuelve a ser un horror muy cercano a nosotros. Una de las debilidades europeas que ha aflorado en la crisis actual es la dependencia energética de países que no comparten nuestros valores democráticos y de respeto a la vida y a la diversidad. En realidad, sería más correcto acotar la dependencia europea únicamente a las fuentes de energías no renovables, las provenientes de los combustibles fósiles, carbón petróleo y gas, que aún hoy en día representan el 70%(1) de la demanda energética total de la Unión Europea.

La ambiciosa agenda europea de descarbonización todavía no puede evitar que un país como Rusia nos ponga en jaque ante la potencial amenaza del corte de suministro de gas. Paradójicamente, somos capaces de actuar rápidamente bloqueando la economía del país agresor, aislándolo financieramente desde muchos ángulos, pero seguimos pagando diariamente 200 millones de euros por el suministro de gas. Son precisamente las facturas europeas por la compra de combustibles fósiles las que permiten a Rusia financiar el poderoso ejército con el que golpea a Ucrania y amenaza a Europa, lo cual añade convierte añade aún más dolor a la actualidad.
Torre de una planta de procesamiento de gas natural 

 Por si no fuera suficiente, el actual sistema de precios marginalista que se aplica a la electricidad provoca subidas desorbitadas en su precio, a pesar de que países como España sea capaces ya de generar el 46% (2) de la electricidad que consumen a partir de energías renovables. Para que se entienda, el mecanismo europeo actual de fijación de precios de la electricidad considera que el precio de mercado lo marca el recurso más caro que forma parte del mix que, a día de hoy, es el gas que alimenta las centrales de ciclo combinado. Poco importa que cada vez generemos más energía eólica o solar a precios muy reducidos, en el momento que sea necesario activar una sola central de gas en el país, pagamos toda la electricidad producida al precio que marca esta fuente de energía, lo cual genera unos extraordinarios beneficios a las compañías eléctricas, mientras que la factura de los consumidores sube sin control y se paralizan sectores industriales que precisan un gran consumo de energía.

 
Mix de generaciópn eléctrica en España correspondiente al 10 de marzo a las 15.00


Pero, ¿cómo puede Europa acelerar en su proceso de descarbonización y, por tanto, dejar de depender de materias primas importadas en su mayoría, como son el gas, el carbón y el petróleo? La respuesta no es fácil de llevar a la práctica, desde luego, pero son 3 los vectores capaces de hacernos avanzar rápidamente hacia este objetivo:

▪ Eficiencia energética, principalmente en el aislamiento térmico de edificios.

▪ Aceleración de las instalaciones de energía renovable, tanto en nuevos parques eólicos y solares, como sobre todo en pequeñas instalaciones de autoconsumo.

▪ Electrificación de los sectores que dependen de los combustibles fósiles para el suministro de energía: transporte y movilidad, industria y usos residenciales de la energía.

La Unión Europea está actuando muy rápido, y de forma más coordinada de lo que estamos acostumbrados, ante la crisis actual. Esta misma semana, la Comisión Europea ha publicado el borrador de un plan muy ambicioso para avanzar en la autosuficiencia energética. Lo ha llamado RePowerEU y ya se está presentando a todos los gobiernos europeos. En él se habla de buscar suministradores alternativos a Rusia para el gas y el petróleo, pero también de acelerar el impulso de alternativas a los combustibles fósiles, basadas en los 3 principios que he indicado anteriormente. Incluso, por primera vez, la Comisión abre la posibilidad de modificar el mecanismo para el cálculo del precio de la electricidad y adoptar criterios más racionales.

Los ciudadanos también tenemos un papel importante en los patrones de consumo de energía. El Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borell, ha interpelado a los ciudadanos europeos para que reduzcamos el consumo de gas bajando el termostato de nuestras calefacciones.

Más allá de la polémica que están generando estas palabras, me gustaría contar mi experiencia personal respecto al consumo de energía en el hogar. Hace unos meses, sustituimos en casa la caldera de gas-oil que calentaba nuestra vivienda unifamiliar por un sistema de aerotermia que suministra agua caliente y calefacción con suelo radiante. Además, aislamos el espacio del bajo cubierta entre el tejado y la vivienda, y cambiamos algunas de las ventanas por unas nuevas con mayor capacidad de aislamiento térmico (desafortunadamente, el presupuesto no alcanzó para cambiar todas, o para reforzar también el aislamiento térmico de la fachada). Asimismo, encargamos un estudio de eficiencia energética, el cual muestra que con estas medidas hemos conseguido bajar un 70% (repito, un 70%) la necesidad de energía de la casa, y pasar de una calificación energética de D a A, a la vez que hemos electrificado todo el suministro de energía. El siguiente paso, por supuesto, será instalar placas solares para el autoconsumo eléctrico. Por supuesto, la instalación ha requerido una inversión importante, pero ya hemos empezado a amortizarla rápidamente durante los meses de invierno, teniendo en cuenta los precios actuales de la energía.
 
Preinstalación de suelo radiante alimentado por aerotermia

Las comunidades autónomas están publicando en sus boletines oficiales diversas convocatorias de ayudas provenientes de los fondos europeos de recuperación encaminadas a mejoras de eficiencia energética en edificios y a instalaciones de autoconsumo. Es una gran oportunidad para propietarios de viviendas unifamiliares, pero también para comunidades de vecinos, de acometer reformas que generen bajadas muy importantes de consumo energético y un descenso en la dependencia del gas y el petróleo. Así que para bajar la factura de la calefacción, la solución no pasa necesariamente por tener frío en casa, sino más bien por avanzar en eficiencia energética. También hay pequeñas medidas que cualquiera puede realizar sin necesidad de una gran reforma: recubrir los tramos vistos de tubería de agua cliente con material aislante de venta en cualquier ferretería, sellar rendijas de puertas y ventanas, bajar persianas cuando se hace de noche o ventilar en las horas centrales del día, cuando la temperatura es más alta.

Claro que fuera del hogar también hay muchas cosas que como ciudadanos podemos hacer para depender menos del petróleo y del gas: usar más el transporte público, andar o usar la bicicleta para desplazamientos cortos, consumir productos de proximidad o elegir para las próximas vacaciones uno de los muchos paraísos naturales que tenemos muy cerca en lugar de buscar exóticos paraísos artificiales a miles de kilómetros de distancia de nosotros. Los altos precios de la energía son un grave problema, pero también representan una oportunidad de alinear los intereses de la independencia energética de Europa con la urgencia de bajar las emisiones de CO2 para contener la crisis climática. ¿Te sumas al cambio?


(1): Según datos del Banco Mundial
(2): según previsión de cierre de 2021 de Red Eléctrica de España


miércoles, 5 de enero de 2022

Año Nuevo Primaveral

 

Aunque cada vez nos sorprende menos, las altas temperaturas de los últimos días del 2021 y primeros de 2022 han sido noticia en España, y en buena parte de Europa.

Las temperaturas, hasta 10 grados por encima de la media, registradas los días 27, 28, 30 y 31 de diciembre del 2021, y los días 1 y 2 de enero de 2022 han constituido el episodio cálido más importante para esta época del año desde 1950 en España. Así lo indican los estudios con técnicas geoestadísticas elaborados por AEMET.

Muchos observatorios meteorológicos, como los de Salamanca, Segovia, Bilbao y Cuenca han superado sus registros de temperatura cálida durante el mes de diciembre, y lo mismo ocurrió en 3 de las 4 capitales gallegas el día 1 de enero respecto al histórico de temperaturas de este mes.


Rosal con brotes de hojas nuevas. Enero 2022

Puede resultar muy agradable disfrutar de temperaturas primaverales en plenas Navidades, pero evidentemente esto tiene consecuencias, al igual que el resto de eventos extremos ocasionados por el calentamiento global: deshielo anticipado, alteración de los ciclos naturales de los ecosistemas y de los cultivos, agravamiento de la sequía en la mitad sur del país, etc.

Quiero detenerme, sin embargo, en una de los problemas más graves vinculados a los episodios de altas temperaturas en cualquier época del año: los incendios forestales. Durante los últimos días de 2021 se han registrado de forma casi simultánea más de un centenar de fuegos en Asturias, avivados por los fuertes vientos secos del sur que han soplado en gran parte de la Cordillera Cantábrica. No es nada nuevo, por desgracia, la situación se repite cada vez que se dan las condiciones meteorológicas que facilitan la propagación de las llamas, circunstancia que se da cada vez de forma más frecuente e intensa.

Sin embargo, tal como denuncia la Coordinadora Ecologista de Asturias, la gran mayoría de los incendios forestales son provocados, según los resultados de las investigaciones realizadas por las Brigadas de Investigación de Causas de Incendios Forestales del Principado. La principal motivación para prender fuego al monte es la apertura de nuevas zonas de pasto o la regeneración de zonas de pasto agotadas por su sobrexplotación.

También apunta la organización ecologista que Asturias es la única comunidad autónoma donde no se acotan al pastoreo las zonas arrasadas por incendios forestales. Esto puede explicar por qué la oleada de incendios no se ha extendido por todo el territorio cantábrico, sino únicamente en la región donde puede existir un beneficio económico vinculado al fuego.

Incendio en las inmediaciones de Rioseco, Asturias. 02 enero 2022. LNE

La gran demanda de carne de vacuno y de productos lácteos a nivel mundial fomenta la proliferación de una ganadería intensiva que agota en poco tiempo los terrenos dedicados al pasto. También requiere enormes extensiones de monocultivo dedicadas a la soja o el maíz para la fabricación de piensos. En realidad, la principal causa de deforestación a nivel mundial es la enorme presión que el mercado alimentario genera para mantener la actividad ganadera intensiva. Provocar incendios cuando se dan las condiciones meteorológicas adecuadas para su propagación es una forma rápida y eficaz de cambiar los usos del suelo, sustituyendo ecosistemas con un alto valor ecológico (pero no tanto valor económico) por zonas que, durante un tiempo, proveerán al ganado de pastos generosos o permitirán cultivos dedicados a la alimentación del ganado, pero que acabarán agotándose pronto por la sobreexplotación o el abuso en el uso de fertilizantes que permiten aumentar la producción en el corto plazo.

Pero hay que ser justos, no toda la actividad ganadera tiene el impacto ambiental que acabo de describir. Existe una ganadería extensiva que permite combinar el beneficio económico y social con el mantenimiento de los ecosistemas, y también existen técnicas como el silvipastoreo que permiten que los bosques autóctonos convivan con una ganadería sostenible. En España hay muy buenos ejemplos de ganadería sostenible, como el pastoreo o el aprovechamiento ganadero en las dehesas.


Finca en el Oriente asturiano, cortesía de Pixabay

Volvamos ahora al desafío del cambio climático. En cualquiera de los escenarios que contemplemos para cumplir con los acuerdos de París respecto al calentamiento global, la conservación de los ecosistemas y la recuperación de hábitats ya degradados juega un papel fundamental, debido a la capacidad de los bosques y las selvas para absorber dióxido de carbono de la atmósfera y actuar como sumideros del exceso de emisiones que generamos con la quema de combustibles fósiles.

Así que no tenemos elección, no se trata de elegir entre economía y medio ambiente cuando lo que está en juego es nuestro futuro como sociedad. Es urgente y primordial que los territorios que aún tienen normativas laxas en cuanto al uso de los terrenos quemados se comprometan con la prevención de las causas que originan los incendios provocados. Pero también es necesario apoyar al sector primario, a los ganaderos, para que puedan aplicar técnicas sostenibles de cría y explotación de su ganado, y para que reciban una compensación justa por sus productos, sin que los intermediarios y las grandes superficies les impongan unos precios tan bajos que sólo les permita sobrevivir mediante la sobreexplotación de sus instalaciones.

Finalmente, los consumidores también tenemos mucho que decir. Sin duda, disminuir el consumo de carne y lácteos contribuye a bajar la huella de carbono de nuestra actividad como individuos, con un impacto similar al de reducir el uso del vehículo privado o instalar paneles solares en nuestro tejado o el de nuestra comunidad de vecinos. Tomar conciencia del impacto de nuestra cesta de la compra nos puede ayudar a elegir productos más sostenibles e identificar carnes y lácteos procedentes de una actividad ganadera más respetuosa con el entorno. En este sentido, los mercados tradicionales y tiendas de barrio son normalmente un aliado mucho más fiable que los supermercados y las grandes superficies.

¡Feliz 2022!


lunes, 11 de enero de 2021

El zarpazo de Filomena

 


Como si de la tormenta perfecta se tratase, todos los pronósticos se cumplieron y la nieve cayó de forma abundante y continua durante más de 24 horas en gran parte de la península, siguiéndole casi sin tregua una ola de frío con intensas heladas. A quienes hablamos sobre cambio climático Filomena nos plantea una pregunta difícil. ¿Es este episodio de nieve y frío simplemente una excepción al patrón de subida global de las temperaturas? O bien, por contradictorio que parezca ¿podría atribuirse la intensidad de Filomena y la posterior ola de frío al calentamiento global, igual que ocurre con olas de calor, inundaciones, sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos sin precedentes que se acumulan durante los últimos años?

Alcobendas (Madrid) fotografiado la mañana del 9 de enero

Atribuir o negar la causa de un evento meteorológico concreto al cambio climático no es sencillo, y requiere un estudio científico profundo, así que la respuesta a estas preguntas no puede ser categóricamente afirmativa o negativa. Lo que sí podemos hacer es poner el suceso en contexto con la situación meteorológica que se ha dado en el mismo período en el resto del hemisferio norte y con las tendencias climáticas de los últimos años.

Los datos de olas de frío y de calor en España desde 1975 son públicos y la AEMET los tiene disponibles para quien los quiera consultar. La tendencia a disminuir el número de olas de frío durante el invierno es muy clara, lo mismo que en este período se han incrementado notablemente las olas de calor, en especial durante la última década. En este sentido, podemos decir que el tiempo que estamos teniendo durante la primera quincena de enero de 2021 es bastante excepcional. Sin embargo, que disminuya el número de olas de frío no implica que también decrezca su intensidad; de hecho, en los últimos años el hemisferio Norte se ha visto afectado por olas de frío y nevadas extremas, en algunos casos sin precedentes cercanos en el tiempo. ¿Por qué puede estar ocurriendo esto?

Uno de los factores que determina el clima en cada región del planeta es la corriente de chorro polar (también conocido como jet stream). Se trata de una corriente permanente de aire en distintas capas de la atmósfera que se desplaza de forma ondulante de oeste a este en latitudes medias, circulando normalmente a latitudes medias, entre el círculo polar y el trópico. La evolución del chorro polar determina la formación de anticiclones y borrascas y configura los vientos; en definitiva, condiciona en gran medida el tiempo meteorológico.

Animación cortesía de la NASA que muestra la evolución de la corriente de chorro en las últimas décadas. Gradualmente, esta corriente se vuelve más ondulada y genera formas más caprichosas con mayor recorrido vertical.

Debido al calentamiento global, hay indicios claros de que la corriente de chorro se está volviendo más ondulante, con mayor recorrido Norte-Sur y viceversa. El motivo está relacionado con el aumento desigual de las temperaturas en el planeta. Si bien la temperatura está subiendo de forma global, lo hace de forma más intensa en los polos que en las zonas ecuatoriales, lo que implica una disminución del gradiente de temperatura entre los dos extremos climáticos de temperatura de cada hemisferio. Al bajar la diferencia de temperaturas entre los extremos, la corriente del jet stream tiene mayor facilidad para cambiar de latitud. El efecto se parece al de un río que se amansa al llegar a zonas más anchas (con menor gradiente de altura) y, por tanto, tiene mayor tendencia a formar meandros en lugar de seguir un recorrido más rápido y lineal.

Imagen cortesía del Proyecto Geosfera, de la Universidad de Santa Mónica. En ella, se muestra que el calentamiento de la superficie terrestre tiene un efecto 3 veces mayor en los polos que en la zona ecuatorial debido, entre otras razones, a la disminución del efecto albedo por la derretimiento de grandes masas de hielo polar

Una corriente de chorro más ondulada significa una mayor penetración del aire cálido del sur a zonas del norte, y viceversa. También ocurre que la corriente evoluciona más lentamente, por lo que las invasiones de masas de aire frío o cálido en zonas que no les corresponde son más duraderas, tienen más inercia. Si la curvatura del jet es muy pronunciada puede incluso llegar a desplazar el vórtice polar, es decir, puede modificar el eje en torno al cual se genera dicha corriente que, en nuestro hemisferio, se encuentra en torno al Polo Norte. Cuando esto ocurre durante el invierno boreal, los máximos de frío se desplazan y dejan de localizarse en el Ártico, situándose en zonas continentales más al Sur. Este fenómeno es conocido y estudiado desde hace décadas, pero se está observando una tendencia a que ocurra más frecuentemente y de forma más acusada durante los últimos años. Cuando el vórtice polar se desplaza, o incluso se fragmenta en dos, se producen grandes olas de frío en zonas del hemisferio norte, normalmente en parte de Norteamérica, mientras que las temperaturas se disparan muy por encima de lo que sería normal en el oscuro invierno Ártico.

Imagen cortesía de earth.nullschool.net. Ilustración gráfica del fenómeno ocurrido a principios del 2019 en el que el vórtice polar del hemisferio norte (núcleos azules) se divide en dos núcleos principales alejados del polo norte

Esto fue lo que ocurrió unos días antes de la ola de frío polar que afectó a Europa en febrero de 2018 (conocida como “La Bestia del Este”), y también antes de la irrupción de aire frío que dejó congeladas grandes zonas de Canadá y Estados Unidos en enero de 2019. A finales de febrero de 2018, mientras amplias zonas de Europa, desde Roma hasta Dublín, pasando por París, registraban temperaturas gélidas sin precedentes y nevadas abundantes, en el Polo Norte se batían récords de temperatura más alta durante un mes de febrero. En enero de 2019, la ciudad de Chicago se congeló por completo, mientras en Alaska las temperaturas eran tan altas que la precipitación caía en forma de lluvia en lugar de nieve. El Presidente de los Estados Unidos se preguntaba, irónicamente, pero también demostrando su ignorancia, dónde estaba el cambio climático en ese momento para calentar un poco la ciudad de Chicago.





Fotografías de las ciudades de Dublín (2018) y Chicago (2019) durante las olas de frío extremo que sufrieron

En enero de 2021, no se ha llegado a fragmentar el vórtice polar, pero sí se ha deformado de forma considerable durante semanas y su centro se ha desplazado. Si nos fijamos en las anomalías de las temperaturas en el hemisferio Norte, no sólo destaca el frío que tenemos en España, sino las temperaturas anormalmente altas en muchas otras zonas. Mientras el 9 de enero, Madrid se paralizaba por la nevada más abundante desde que existen datos fiables, Atenas, al otro lado del Mediterráneo, batía su récord histórico de temperatura en un mes de enero, 22.4ºC.


Imagen del 9 de Enero del Hemisferio Norte, en el que se muestran las anomalías térmicas cálidas (tonos rojizos) y frías (tonos azules). En él se aprecian que las temperaturas en el Ártico eran mucho más altas de lo que corresponde al mes de Enero, el mismo día que Filomena provocaba estragos en España.


Como he afirmado al principio, no podemos asegurar categóricamente que todos los fenómenos que he expuesto estén directamente relacionados con el cambio climático. El comportamiento de la atmósfera es muy complejo, y es necesario profundizar mucho en el estudio de cada uno de ellos, así como disponer de una serie temporal más larga para comprobar que estas tendencias se consolidan. Pero el hecho de que existan indicios claros que relacionen todos estos episodios de frío extremo en zonas densamente pobladas con el calentamiento global, debería ser un motivo más para que tomemos conciencia de la emergencia climática a la que nos enfrentamos. Treinta horas de una nevada sin precedentes han bastado para paralizar casi por completo Madrid y su zona metropolitana, con más de 6 millones de habitantes, ¿Alguien duda de que el cambio climático puede transformar por completo nuestras vidas si no actuamos pronto y con decisión?

martes, 6 de octubre de 2020

Al Acecho

 Hace poco pude comprobar que el lince ibérico no acostumbra a esconderse de la mirada del resto de animales con los que comparte ecosistema, ni siquiera del ser humano, a pesar de que éste último estuvo a punto de llevarle a la extinción. El mismo instinto natural de depredador que posee le da una confianza total en su superioridad. Al situarse en la cúspide de la pirámide alimenticia, no tiene ningún otro depredador natural a quien temer. Observando su belleza, la agilidad y elegancia de sus movimientos, la seguridad en sí mismo cuando vigila el entorno, me inquieta comprender lo ajeno que vive a su vulnerabilidad como especie. En realidad, los linces están a merced de que los seres humanos sigamos apostando e invirtiendo en conservar los ecosistemas que necesitan para su delicado sustento.


Fotografía cortesía de WeAppU en Pixabay 

En cierto modo, los seres humanos compartimos con el lince el mismo instinto natural de superioridad, que hemos llevado al extremo durante las últimas décadas. Lo fiamos todo a nuestra inteligencia, a las tecnologías que hemos desarrollado y a un sistema económico y social basado en el sometimiento de las fuerzas de la naturaleza a nuestro antojo. Creemos tener todo bajo control y, por lo general, ignoramos las señales que nos avisan de nuestra vulnerabilidad; la realidad biológica es que somos sólo una especie más, relevante sí, pero totalmente prescindible para asegurar la continuidad de la vida en La Tierra.

A pesar de estar en la cúspide, hace poco hemos recibido un zarpazo inesperado en forma de pandemia. Inesperado para todos menos para los científicos que llevaban varios años alertando de los peligros de la zoonosis(1) en lugares del mundo donde los humanos conviven con especies portadoras de virus y en ecosistemas simplificados en exceso; inesperado a pesar de conocer que la globalización puede transmitir enfermedades de un punto a otro del planeta casi a la misma velocidad que enviamos mensajes de whatsapp.

Vivimos tiempos de desconcierto desde hace demasiados meses debido a la pandemia, pero la realidad es que existe una amenaza mucho mayor que el coronavirus, siempre al acecho y dispuesta a mostrar sus garras en cualquier momento. Dicha amenaza no se esconde, sobrevuela continuamente nuestras cabezas y vemos indicios cada vez más evidentes de ella en todos los rincones del planeta. La llamamos cambio climático, o calentamiento global, y conocemos mucho sobre su manera de actuar. Cada cierto tiempo vemos en las portadas de los informativos noticias sobre olas de calor insólitas, lluvias torrenciales devastadoras o incendios monstruosos sin precedentes, casi todos atribuibles a la subida global de las temperaturas y a los cambios acelerados que está sufriendo el clima. Nos hemos acostumbrado, durante unos días nos preocupan, pronunciamos frases expiatorias y vacías del tipo “Es que nos estamos cargando el planeta” y, si tenemos la suerte de que no nos han tocado de cerca, nuestra vida sigue adelante como si no hubiera pasado nada, la economía y nuestros proyectos personales continúan guiando todas las deciciones. Seguimos mostrándonos seguros y arrogantes ante la naturaleza, de la misma manera que se pasea el lince, a plena luz del día, por las dehesas de Sierra Morena.

De entre todos los efectos que tiene la subida global de las temperaturas, el más peligroso y cruel me parece el de la desertificación del territorio, como consecuencia de la acumulación de sequías y de veranos cada vez más intensos y prolongados. Quizás haber nacido lejos del mar y en tierra de secano influye en mi percepción pero, es un hecho que la aridez gana terreno con paso firme en muchos paisajes mediterráneos. Su avance es sutil, pero continuado, y pasa desapercibida para la mayoría de la gente.


Análisis estacional de temperaturas publicado por la AEMET

El verano de 2020 ha marcado en España registros de temperaturas muy por encima de la media de la serie histórica, como ocurre desde hace bastantes años. Y ello no se debe únicamente a episodios concretos y aislados de calor extremo, sino sobre todo a unas temperaturas que presentan una anomalía cálida continuada durante gran parte del período estival. Este efecto se aprecia más claramente en el interior peninsular, en casi cualquier observatorio meteorológico de la meseta. Durante el período central del verano, las temperaturas máximas han estado por encima de la media durante más de 50 días seguidos en gran parte del interior. Así, como le sucede a una presa a la que su cazador va ahogando e inmovilizando sutilmente durante mucho tiempo, nuestro territorio sufre y se reseca paulatinamente. El paisaje y los ecosistemas se resienten, e incluso encinas, alcornoques y otras especies bien adaptadas a los rigurosos veranos de nuestras latitudes acaban, en muchos casos, sucumbiendo a la sequía y al intenso calor. De esta manera, el paisaje árido se va abriendo camino, de sur a norte, mientras la mayoría de nosotros permanecemos ajenos, ya que no se trata de un proceso súbito y violento que abra portadas de informativos. Sencillamente, nos hemos acostumbrado a que haga más calor en verano y no le damos mayor importancia. Más de dos tercios de España es vulnerable a los efectos de la desertificación, según Reforesta, y eso incluye el descenso acusado en el caudal de los ríos. El caso más claro lo encontramos en el río Tajo, fuertemente afectado por el descenso de la pluviosidad, la mayor evaporación de sus reservas de agua y, sobre todo, por un trasvase que lo desangra casi desde su nacimiento. Hay expertos que apuntan a que en 20 o 30 años podríamos estar ante un río Tajo intermitente, que llegaría a secarse por completo en algunos tramos durante el verano.

Río Tajo a su paso por Toledo. Fotografía cortesía de Gianni Crestani en Pixabay


Cuando muchas personas y asociaciones, como the Climate Reality Project, hablamos de la necesidad urgente de actuar ante la emergencia climática, no lo hacemos pensando en salvar el planeta, o algunas especies animales exóticas. Más bien tenemos en la retina nuestros paisajes más cercanos, también los pueblos o ciudades que habitamos, y las personas que nos rodean, a las que deseamos un futuro, por lo menos, tan próspero como el que nosotros hemos recibido. Un futuro que está claramente amenazado en la península ibérica por la desertificación.

 

(1)    Según definición de news-medical, zoonosis es cualquier enfermedad que se transmite de los animales a los seres humanos. La transmisión ocurre cuando un animal infectado con las bacterias, los virus, los parásitos, y los hongos entra en el contacto con los seres humanos. Sobre 200 enfermedades se clasifican actualmente como zoonosis.


lunes, 14 de septiembre de 2020

La Semana de la Movilidad

 Entre el 16 y el 22 de septiembre tiene lugar en toda Europa la semana de la movilidad. El tema elegido por la Comisión Europea para la campaña de este año es “Por una movilidad sin emisiones”. Esta temática refleja el ambicioso objetivo de alcanzar la neutralidad en las emisiones de carbono para el año 2050, recogido en el Pacto Verde Europeo. Falta hace poner el foco en la reducción de emisiones asociadas a la movilidad porque este sector económico es, de largo, el que de forma más negativa está contribuyendo en Europa a la acumulación de gases de efecto invernadero durante los últimos años.

Durante el 2018 y el 2019, el volumen total de emisiones de CO2 y del resto de gases de efecto invernadero descendió en España, un 2,2% y un 6,2% respectivamente(1). El descenso fue impulsado por el cierre de centrales de carbón y la proliferación de nuevas instalaciones de energía renovable. Sin embargo, el transporte fue uno de los pocos sectores que continuaron por una senda de crecimiento de emisiones, y contribuye ya al 29% del total, situándose en primer lugar del ranking muy por encima del resto de sectores económicos.

¿Qué estamos haciendo mal en la forma que nos movemos para no conseguir desacoplar el crecimiento económico del impacto ambiental que genera dicha actividad?

En un primer análisis, podríamos tender a ser optimistas, ya que se observan señales de cambio en el transporte por carretera, especialmente cuando hablamos de movilidad de personas. Los vehículos con motor de combustión (diésel o gasolina) son cada vez menos contaminantes, los coches híbridos y eléctricos se van abriendo camino en el mercado, la movilidad compartida en sus diferentes modalidades (car sharing, car pooling) es una realidad en las grandes ciudades, y las soluciones de micromovilidad (bicicletas y patinetes eléctricos) demuestran ser soluciones rápidas, atractivas y de bajo coste en desplazamientos cortos urbanos. El problema es que ninguna de estas soluciones tecnológicas es capaz de imponerse y doblar a la baja la curva de emisiones a la atmósfera provenientes del transporte, curva que continúa creciendo año tras año.




En los años 70, los profesores Barry Commoner, Paul R. Ehrlich y John Holdren desarrollaron la ecuación IPAT (I = P x A x T), que aún sigue vigente hoy en día y se utiliza en la ciencia relacionada con el cambio climático. La ecuación es muy simple y explica que el impacto ambiental de cualquier actividad humana (letra I) se genera a partir de la combinación de tres variables independientes:

·         Letra P, población. Es el número de personas que contribuyen a generar el impacto.

·         Letra A, affluence, en inglés. Es la abundancia de la actividad. Se refiere tanto a la capacidad económica de realizar dicha actividad como la necesidad de realizar dicha actividad para mantener un determinado estilo de vida.

·         Letra T, tecnología. Se trata de las tecnologías utilizadas para realizar la actividad.

Si aplicamos la ecuación IPAT a la contribución de la movilidad en el calentamiento global, entenderemos perfectamente por qué sus emisiones asociadas continúan subiendo, y en realidad seguirán haciéndolo si no cambiamos determinados patrones sociales y culturales.

La tecnología está contribuyendo, sin duda, a la reducción del impacto, cómo ya he desgranado anteriormente, si bien ninguna de las tecnologías es completamente limpia ni actualmente está en posición de desbancar a los vehículos tradicionales dependientes de combustibles producidos a partir de combustibles fósiles. Aquí conviene recordar que la gasolina y el diésel provienen del petróleo, un combustible fósil, pero también lo hace el gas natural, por mucho que determinados fabricantes intenten convencernos que las tecnologías de gas GNC y GNL utilicen energías limpias y libres de emisiones. Sencillamente, no es cierto.

En cuanto a la población, en Europa el número de personas que tiene acceso a un vehículo privado continúa en ascenso, a pasar del estancamiento demográfico y las sucesivas crisis económicas. El parque de vehículos que circulan por las calles y carreteras europeas se incrementa año tras año. Concretamente, en España, el volumen de turismos ha crecido un 20% entre el 2005 y el 2019 (2).

Nos falta incluir la tercera variable de la ecuación, affluence, que podríamos traducir como abundancia. Ésta desequilibra la balanza definitivamente en favor del aumento de las emisiones, principalmente de CO2. La abundancia hace referencia a la capacidad de las personas para utilizar el recurso que se está analizando, en este caso el uso del vehículo privado, y es evidente que en los últimos años el número de kilómetros recorridos en coche para vacaciones y ocio ha subido de forma considerable debido a distintos factores: el propio crecimiento económico, los sistemas digitales de información que facilitan los viajes a lugares remotos y poco conocidos, y la configuración urbana dominante, que favorece desplazamientos a grandes centros comerciales y de ocio situados normalmente fuera del centro de las ciudades. A esto podemos añadir otros factores no relacionados directamente con la riqueza de las personas, como son la concentración de la población en grandes urbes, las cuales se desarrollan con modelos urbanísticos que tienden a deslocalizar los puestos de trabajo y situarlos en la periferia, muy lejos de los barrios donde se concentra la mayoría de la población. La otra cara de la aglomeración urbana es el abandono del medio rural, la despoblación de grandes áreas que obliga a cerrar servicios públicos básicos, como colegios o centros de salud, y que fuerza a sus habitantes a recorrer grandes distancias en coche para cubrir sus necesidades básicas. En consecuencia, la dependencia del vehículo privado para las actividades cotidianas es cada vez mayor tanto en el mundo urbano como en el rural, lo que aumenta el número de kilómetros recorridos por persona y, en consecuencia, los litros de combustible quemados y emitidos a la atmósfera en forma de CO2 y otros gases perjudiciales para la salud. Afortunadamente, hay muy dignas excepciones a este modelo predominante y, en España, tenemos ciudades de tamaño medio que se han convertido en referentes europeos (e incluso mundiales) de movilidad sostenible y de reducción del uso del vehículo privado en sus territorios. Cabe destacar los casos de Vitoria y Pontevedra.

Recapitulando, el impacto en la crisis climática de la movilidad sigue aumentando porque, si bien los fabricantes ofrecen cada vez tecnologías con menos índice de emisiones, el número de personas que eligen el vehículo privado como forma habitual de desplazamiento aumenta, y también lo hacen los kilómetros recorridos por cada una de ellas. Para revertir la situación hacen falta cambios sociales y culturales profundos: replantear las necesidades cotidianas de movilidad, proveer a la ciudadanía de servicios básicos, incluido el trabajo, disponibles a distancias que se puedan recorrer a pie, o dejar de considerar el coche como un elemento de distinción social.

 Es mucho más sencillo consolidar avances tecnológicos en una sociedad que modificar patrones culturales arraigados, pero la actual crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la importancia de acometer urgentemente estas transformaciones; estamos ante una oportunidad sin precedentes de consolidar el teletrabajo en amplios sectores profesionales, así como de impulsar el pequeño comercio y los servicios básicos de calidad y de cercanía en nuestros barrios, en nuestros pueblos. Muchos valoramos ahora más que hace un año la tienda o el supermercado que tenemos cerca de casa, accesible a pie y que nos ha seguido suministrando alimentos durante toda la crisis sanitaria. También hemos podido disfrutar de aire limpio en las ciudades durante varios meses, como consecuencia de tener nuestros vehículos aparcados, lo que nos ha hecho más conscientes del efecto positivo en nuestra salud del cambio de patrón en la movilidad. Igualmente hemos descubierto lo importante que es dedicar tiempo a andar al aire libre y a hacer ejercicio físico.


No todo son oportunidades para una movilidad libre de emisiones de CO2 en el actual escenario de incertidumbre y crisis sanitaria. La reputación del transporte público se ha visto gravemente afectada, y ha dejado de ser percibido como un entorno seguro para muchos usuarios, dada la mayor facilidad de contagio cuando se producen aglomeraciones en el mismo. Habrá que hacer un gran esfuerzo para recuperar la confianza de todos los usuarios en el sistema público de transportes una vez superada la pandemia.

La transición hacia una movilidad de personas libre de emisiones no será posible sin grandes inversiones públicas y privadas, y ahí el papel del Fondo Verde Europeo será fundamental. Pero más importante aún será la voluntad ciudadana para replantear determinados hábitos y reducir nuestra dependencia del vehículo privado en desplazamientos cortos o innecesarios, os invito a todos a ser parte activa del cambio de modelo.

  

(1)     (1) Según datos del Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico

https://www.miteco.gob.es/es/prensa/ultimas-noticias/las-emisiones-de-co2-disminuyen-en-españa-un-22-en-2018-con-respecto-al-año-anterior/tcm:30-497589

https://www.miteco.gob.es/es/prensa/ultimas-noticias/las-emisiones-de-gases-de-efecto-invernadero-cayeron-un-62-en-españa-el-año-pasado-/tcm:30-510416

 (2) Según serie histórica publicada por la DGT.

http://www.dgt.es/es/seguridad-vial/estadisticas-e-indicadores/parque-vehiculos/series-historicas/

Sin respuestas entre las cenizas

 La primera vez que visité los Picos de Europa tenía 18 años. Entre todos sus paisajes, el que más me enamoró fue el valle de Valdeón por su...