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Instalación para almacenamiento de hidrógeno verde |
Durante décadas, la generación de electricidad ha sido la principal fuente de emisiones de efecto invernadero en España. Las grandes centrales térmicas de carbón, con sus enormes columnas de humo y vapor de agua representaban, mejor que cualquier otra imagen, el daño que el ser humano estaba causando a la atmósfera. Sin embargo, en los últimos años la situación ha cambiado drásticamente; las energías renovables se han consolidado, impulsadas por el espectacular crecimiento de la generación eólica y solar fotovoltaica, así como por el descenso de la demanda de energía eléctrica. En lo que llevamos de 2023, la energía renovable ronda el 50% de la producción total, y las centrales de carbón prácticamente han desaparecido. España es uno de los líderes en el impulso de la energía renovable a nivel mundial, y la mayoría de países de nuestro entorno están siguiendo una hoja de ruta de transformación renovable similar a la nuestra.
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Estructura de la generación eléctrica en España en 2023, actualizada en el mes de agosto. Fuente: Red Eléctrica Española |
Las sociedades modernas están consiguiendo generar energía eléctrica de forma limpia, y esto supone un gran avance para los objetivos de descarbonización comprometidos en el Acuerdo de París de 2015. Por el contrario, hay sectores, como el transporte, la industria o el ámbito doméstico en los que las emisiones se mantienen estables, o incluso crecen, por su gran dependencia de los combustibles fósiles. Por tanto, en muchos ámbitos la estrategia de reducción de emisiones debe pasar por la electrificación de los sistemas que requieren uso de energía. Es, claramente, el caso de la movilidad y el de las calefacciones, para los cuales el vehículo eléctrico y las bombas de calor basadas en aerotermia o geotermia, respectivamente, representan grandes oportunidades.
Lo cierto es
que actualmente existe una preocupante falta de sincronización en los ritmos de
transformación tecnológica que puede lastrar la estrategia ante la crisis
climática.
Por un lado,
la previsión para los próximos años es que continúe imparable el desarrollo de
las energías renovables, impulsadas por nuevos proyectos ya presupuestados, y por el auge del
autoconsumo fotovoltaico, individual y colectivo, que ha despegado
recientemente. Además, las inversiones en eficiencia, la mayor conciencia sobre
el valor de la energía, y el propio autoconsumo, hacen prever que que la demanda eléctrica siga con una tendencia constante a la baja, a pesar del crecimiento económico: estamos
consolidando el desacople entre demanda energética y crecimiento económico que
durante tanto tiempo se ha buscado.
Por otro
lado, sin embargo, está resultando mucho más compleja y lenta la
electrificación de los sectores mencionados anteriormente: el vehículo
eléctrico se abre paso, pero afronta muchas dificultades, como la autonomía, los altos precios o la falta de una red de carga consistente. Algo parecido
ocurre con los sistemas de calefacción, que mayormente siguen dependiendo del
gasóleo y del gas natural, a pesar de todas las ventajas de los sistemas
basados en bombas de calor alimentadas por electricidad.
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Cargador de vehículo eléctrico. Gentileza de Jay Uni vía Foter |
Como consecuencia del desajuste en los ritmos de transformación tecnológica, en 2023 se está dando una situación paradójica, que sin duda va a ir a más en los próximos años. En determinados períodos de tiempo, estamos desconectando fuentes de energía renovables del sistema, sobre todo generadores eólicos, porque no hay demanda suficiente para tanta producción renovable. Esto ocurre, sobre todo, en los meses de primavera y otoño, cuando las condiciones para las renovables son más propicias (combinación de solar, eólica e hidráulica) y la demanda de energía es menor al ser las temperaturas más templadas que en invierno y en verano. Paramos molinos porque no podemos consumir ni almacenar la energía que producirían.
A diferencia de los combustibles fósiles, la energía renovable es difícil de gestionar, dado que su disponibilidad no está garantizada al depender de los ciclos del sol, del agua y de las condiciones meteorológicas. Hacen falta sistemas de almacenamiento consistentes para poder disponer de ella en los momentos y la cantidad que realmente se necesita. También aquí se detecta un desajuste entre la gran inversión en sistemas renovables, y la carencia de proyectos ambiciosos de almacenamiento de energía eléctrica o de redes sólidas de intercambio de energía eléctrica entre países vecinos. El almacenamiento no pude basarse únicamente en baterías, ya que estas son caras, pesadas y tienen un impacto ambiental grande por la extracción de los metales necesarios para su fabricación. Por ello, es muy interesante la tecnología de centrales hidroeléctricas de bombeo, o reversibles; el concepto es sencillo, se trata de aprovechar los excedentes de energía eléctrica cuando haya mucha producción renovable para bombear agua desde debajo de una presa hasta el embalse de la parte superior, de manera que se incremente la capacidad hidroeléctrica en períodos de mayor demanda y baja producción renovable. También hay proyectos interesantes para aumentar la capacidad de intercambio reversible de energía entre Francia y España a través de los Pirineos o del Golfo de Vizcaya, pero en los que hay que mirar con lupa los potenciales impactos ambientales que puedan causar.
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Central de bombeo de La Muela, en Valencia |
En
definitiva, electrificar todos los sectores que sea posible, y aumentar la
capacidad de almacenamiento e intercambio para poder gestionar mejor la energía
renovable son tan importantes como la propia generación eólica y solar. El
acompasamiento de todo ello será la clave para avanzar en los objetivos de
descarbonización a la velocidad adecuada.
Aunque, a
decir verdad, el desafío climático es tan enorme, que ni siquiera esto será
suficiente. Por mucho que consigamos electrificar nuevos sectores con éxito, alcanzar
un mix energético 100% renovable, y ajustar la oferta y la demanda, aún nos
quedaría al menos un 30% de la demanda energética de la sociedad que no es
posible electrificar. Es lo que, en términos de ingeniería, se conoce como
sectores “difíciles de abatir”. Entre ellos se incluyen la industria pesada
basada en altos hornos (siderurgia, metalurgia, cemento), algunas industrias
químicas, el transporte pesado (principalmente el marítimo) y la aviación. Son motores
económicos que sólo encuentran solución a sus demandas energéticas en los
combustibles fósiles. Definitivamente, para conseguir los objetivos de
descarbonización total de la energía, hace falta un nuevo vector energético
alternativo al del petróleo, el gas natural y la electricidad. La buena noticia
es que el ser humano, después de muchos intentos fracasados, parece haberlo
encontrado, se llama hidrógeno verde.
(Continuará)
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